Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste »Señora, Stewart vivía en un falso paraíso. Yo le vi con frecuencia. Cuando me llevó a las sierras a celebrar los desposorios de la veleidosa Bonita y su amante, acabé respetando al hombre cuyas ideas de la naturaleza y de la Divinidad eran tan opuestos a las mías. Es un adorador de Dios en sus creaciones materiales. Es parte integrante del viento y del sol y del desierto y de las montañas que formaron su carácter. No creo volver a oír nunca palabras tan bellas y elevadas como las que empleó para persuadir a Bonita que aceptase al señor Mains exhortándola a olvidar antiguos amoríos y a ser feliz en lo sucesivo con el hombre de su elección. Es su amigo. ¡Ojalá pudiera decirle todo lo que eso significa! ¡Tan sencillo como parece! Y lo es realmente. Todo lo grande es sencillo. Para el señor Stewart era natural ser leal con su amigo, abrigar una noble noción del honor debido a una mujer que ha amado, dar sin medida, contribuir a su enlace, socorrerles y asistirles en sus momentos de necesidad y de aislamiento. Hubiera sido no menos natural para él ofrendar la vida en su defensa si algún peligro les hubiese amenazado. Señora, quisiera hacerle comprender que para mí ese hombre tiene la misma estabilidad, la misma fuerza, los mismos elementos que acostumbro atribuir a la vida física que nos rodea en este salvaje y rudo desierto.