Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste «Quiero decirlo… Quiero oÃrmelo decir… ¡Yo…, yo también le amo! ¡Le amo!» —repitió la pasmosa revelación, pero ella dudaba aún de su identidad—. ¿Soy yo aún Magdalena Hammond? ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién soy yo? —Fue a situarse en un punto en que la luz de una ventana abierta casi sobre la imagen que se reflejaba en el espejo—. ¿Quién es esa mujer?
Esperaba ver una persona digna y familiar, de continente reposado y sereno: un rostro tranquilo, de ojos negros y labios altaneros. ¡No! ¡No vio a Magdalena Hammond! No vio ningún otro semblante conocido. ¿La engañaban acaso sus ojos, como la habÃa engañado su corazón?
La figura que tenÃa delante vibraba llena de vida. Vio las manos entrecruzadas, oprimiendo un pecho que parecÃa querer estallar a cada inspiración. Vio un rostro… blanco, arrobado; extrañamente luminoso, con los labios entreabiertos y los ojos dilatados y trágicos… Aquél no podÃa ser el semblante de Magdalena Hammond.
Y, sin embargo, cuanto más miraba más comprendÃa que no era vÃctima de una ilusión, que era tan sólo Magdalena Hammond llegada al fin de sus fantásticos ensueños. HÃzose cargo rápidamente del cambio sobrevenido, aceptándolo como inevitable, y volvió a caer en su actitud de perturbado asombro.