Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Del caos del pasado su memoria evocó una vasta mina de tesoros. Vio como si estuvieran escritas en letras de luz algunas palabras de aquella carta de Stewart a su hermano. Mas ¡ah!, lo sabía, y si entonces no supuso diferencia alguna, ahora entrañaba todo lo concebible. Recordó cómo el viento agitaba su cabello contra sus labios aquella noche en que bajaron de las montañas llevándola en sus brazos. Recordó la extraña y ufana alegría de las pupilas de Stewart, al verla inopinadamente, cuando se disponía a recibir a sus amigos, vestida de blanco y con las rosas prendidas en el seno.
Con la misma vertiginosa rapidez con que acudieron, se disiparon aquellos recuerdos. Su cerebro no podía lograr ningún descanso. Cuanto hasta entonces había pensado o sentido parecía presagiar mayor agitación.
Desesperada, aturdida, perdido hasta el último resto de dominio, repudió el antiguo, pálido, orgulloso y hermético fantasma de sí misma, para encararse con aquella desconocida mujer, apasionada y fuerte. Con las manos cruzadas sobre el desenfrenado corazón y los ojos cerrados escuchó la voz imperiosa de las circunstancias, de la realidad, de la fatalidad. La historia entera le fue revelada, bastante sencilla dentro de la suma de complicados detalles, extraña y bellísima en parte, inexorable en la prueba del inmenso amor a Stewart, en la soñadora ceguera de ella, y, desde el primer fatal momento hasta el último, profética de tragedia.