Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Por vez primera en muchos días, Magdalena visitó los jardines, los corrales, los embalses y los alojamientos de sus cowboys. Aunque se imaginaba tranquila de aspecto, temió que Nels, Nick y Frankie Slade, que la conocían mejor, leyesen algo anormal en su semblante. La situación debía ser para ella dolorosa y desconcertante. Obraban como si, deseando decirle algo, se hallasen privados de la facultad de enunciarlo. Magdalena se preguntaba: ¿sabrían tal vez que era la esposa de Stewart? Stillwell no tuvo tiempo material de decírselo, aparte de que se habría abstenido de hacerlo. Lo único que aquellos cowboys sabían era que Stewart estaba condenado a ser pasado por las armas y que el furioso resentimiento de Magdalena le había empujado a cruzar la divisoria con la muerte en el alma. Cambió algunas palabras con ellos sobre el tiempo, los caballos y la manada, preguntó a Nels cuando entraba a prestar servicio, y se dispuso a salir del soleado porche en el que los cowboys permanecieron sombrero en mano y silenciosos. Uno de sus repentinos impulsos la detuvo.
—No entren ustedes en turno de servicio hoy, —dijo, dirigiéndose a Nels y a Nick—. Es posible que yo les necesite. Yo… Yo…
Titubeó, hizo una pausa, como reacia a marchar. Su mirada se detuvo en el fornido negro de Stewart, que estaba corveteando en el contiguo corral.