Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Link, lleve usted a Stillwell a El Cajón, a tiempo para coger el tren de El Paso —dijo—. Espere allí su regreso, y si en el ínterin se recibe algún mensaje suyo, transmítalo por teléfono en seguida.
Dio al intendente los telegramas que debía cursar en El Cajón y giros cobraderos de El Paso, amén de las instrucciones para presentarse a la Junta rebelde estacionada en Juárez, exponiendo la situación, anunciando desde luego la llegada de comunicaciones oficiales de Washington, aconsejando y requiriendo el canje de Stewart, como prisionero de guerra y además proponiendo a las autoridades rebeldes la compra de su libertad.
Cuando Stillwell oyó sus órdenes, una sombra de su antigua sonrisa erró por sus labios. No tenía los entusiasmos de la juventud, y la esperanza sola no basta para contrarrestar las acerbas realidades. Al inclinarse sobre su mano tuvo un ademán cortesano y reverente. Pero o bien le faltaron palabras o bien juzgó el momento poco indicado para romper el silencio.
Se acomodó junto a Link, mientras éste se guardaba el reloj y afianzaba las manos sobre el volante. Luego… un estampido, un sordo zumbido que fue acrecentándose hasta parecer un rugido, y el potente coche, tomando con vertiginosa rapidez el largo declive, enfiló el llano, camino del valle, desapareciendo de la vista.