Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Entró en su despacho. Su cerebro trabajaba con extraordinaria precisión y claridad. Su plan, concebido en un relámpago de inspiración, incluía el envío a Washington, Nueva York y San Antonio de telegramas de texto cuidadosamente meditado. Iban dirigidos a senadores, representantes de diversos Estados, hombres de altura en las esferas políticas y privadas, hombres que la recordarían y que la servirían hasta el límite de su influencia. ¡Nunca tuvo para ella tanta importancia como en aquel trance su posición social; nunca le pareció el dinero tan mágica palabra como entonces! ¡Si hubiera sido pobre! La sola idea la escalofriaba. Disipo pensamientos deprimentes. Tenía fortuna, poderío. Pondría en movimiento los ilimitados recursos que ambas posesiones le facilitaban…, y movería los ocultos resortes de la vida política e internacional, aprovecharía el prodigioso valor del dinero para comprar, corromper, sobornar, para poner en juego las subterráneas y misteriosas influencias que sólo el oro tiene la virtud de conmover. Salvaría a Stewart. Pero de momento… tendría que esperar…, esperar, presa en las garras de la incertidumbre, sometida a una prueba acaso superior a su resistencia. Mas no quería admitir ni la posibilidad de fracasar.

Cuando salió afuera, Link aguardaba con el coche, casco en mano, refulgentes las serenas pupilas, y Stillwell comenzaba a perder su pesimismo, dejándose contagiar por la entereza de Magdalena.


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