Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Link Stevens levantó hacia ella la vista como si hubiese sido censurado por su prudencia. Sus ojos tenÃan el frÃo fulgor del hielo y del acero. Acaso la exclamación de Magdalena tuvo la virtud de espolear su temeridad. Lo indudable es que realizó con el auto proezas inconcebibles, obligándole a salvar barrancos, saltar grietas en los trozos llanos, aferrarse como una cabra en las empinadas pendientes, doblar curvas con las ruedas internas más altas que las externas, pasar por bancos de tierra blanda que se hundÃan instantes después de su paso. Y siempre yendo adelante, abriéndose tortuoso camino por entre rocas, siguiendo la carretera cuando era factible, abandonándola por los abertales en otros casos, pero yendo siempre adelante.
Por fin, después de una milla de parda laderÃa, cubierta de caballones y hondonadas, que se sucedÃan con absoluta regularidad, llegaron al fondo del valle en el que la gramilla ponÃa un tinte grisáceo al conjunto. El camino, más netamente definido, parecÃa cruzar de un lado a otro del valle.