Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Con profunda congoja, Magdalena vio que el camino conducía a una profunda y angosta barranca que descendía abruptamente por uno de sus lados y ascendía por la vertiente opuesta, si cabe aún más abruptamente. Para un caballo hubiera sido laboriosa tarea atravesarlo; para un automóvil era imposible. Link torció a la derecha siguiendo el cantil todo lo que la configuración del terreno le permitía. La barranca se ensanchaba y hacíase más honda. Link varió de dirección. Al hacerlo, Magdalena observó que el sol había comenzado perceptiblemente a declinar hacia el Oeste. Sus rayos brillaban en su rostro, enrojecido y colérico. Link volvió al camino, lo atravesó y siguió la línea del gollizo. Era ésta una profunda cisura en la requemada tierra cortada casi a plomo por la violencia de las aguas en épocas de avenida. Se estrechaba. En algunos puntos, su anchura era escasamente de cinco pies. Link estudió esos puntos, mirando especulativamente a la ladera, y pareció sacar deducciones de su examen. El valle era llano, sin más interrupciones que el borde del gollizo. Link recorrió varias millas, buscando un punto a propósito para cruzarlo, pero no lo halló. Finalmente, unos barrancos impracticables le cerraron el paso hacia el Sur. Fue preciso retroceder hasta un lugar cuya amplitud permitiese dar la vuelta al coche. Magdalena miró a su imperturbable conductor. Su semblante no revelaba más que el acostumbrado rasgo de inmutable dureza. Al llegar a los puntos angostos que tanto parecían haberle interesado, bajó del coche y los recorrió a pie. De un salto pasó al otro lado de la cisura. Magdalena notó que era más bajo de nivel, y seguidamente adivinó el propósito de Link. Buscaba un sitio por donde hacer saltar al coche de un lado a otro.


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