Bajo el cielo del oeste

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Pronto halló, al parecer, lo que buscaba, porque anudó su bufanda encarnada a unas matas. Luego, subiendo al auto, rompió su largo mutismo.

—No es ningún aeroplano, pero más he de poder yo que esa maldita barranca. —Retrocedió por la ladería y se detuvo donde comenzaba a acentuarse su pendiente. Su bufanda encarnada flameaba al viento. Agazapándose sobre el volante arrancó, despacio al principio, luego más de prisa hasta alcanzar el máximo de velocidad. El potente coche dio un salto de tigre. El golpetazo del viento casi arrancó a Magdalena de su sitio. Sobre los hombros sintió las recias manos de Nels. Cerró los ojos. El movimiento del auto se convirtió en una especie de veloz desliz. Esta marcha fue interrumpida por una ligera sacudida, y luego, dominando la ronca trepidación del motor, rasgó los aires un típico alarido de cowboy. Magdalena aguardó con una gran tensión de nervios el inminente choque. Éste no se produjo. Abriendo los ojos, vio ante sí el uniforme suelo del valle, sin obstáculo alguno. No había notado ni el instante en que el coche saltaba por encima del gollizo.





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