Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Apoderóse de ella una extraña angustia, que atribuyó a la celeridad de la marcha. Echándose el velo a la cara se retrepó en su sitio. El ronquido del motor parecía llenar el mundo con su estruendo. Todos sus sentimientos de terror, de ansiedad, ominoso presentimiento de catástrofe quedaron oscurecidos por la intensidad de las sensaciones físicas. Hubo momento en que toda su energía se concentró en un esfuerzo por levantar el pecho contra la terrorífica presión del viento… por llevar aire a sus exhaustos pulmones. Llegóse a sentir medio ciega. La oscuridad ante sus ojos no era debida del todo a la sangre que se agolpaba como una máscara de piedra sobre su rostro. Experimentaba la sensación de que volaba, navegaba, iba a la deriva, se tambaleaba, transportada con la rapidez de la centella. Sus miembros parecían inmovilizados bajo el peso de una masa montañosa. Al fin, despertó de un largo período de inconsciencia, para sentirse sostenida por un brazo. Luego recuperó sus facultades. La velocidad del auto era entonces poco más o menos la acostumbrada. Echándose atrás el velo, respiró de nuevo libremente, ya del todo repuesta.
El coche seguía un amplio camino por las afueras de una ciudad. Magdalena preguntó dónde estaban.
—En Douglas —replicó Link—. Y al lado está Agua Prieta.