Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Nels hizo sitio a su lado para el oficial. Link cruzó con el coche la frontera mejicana. La carretera conducía a Agua Prieta, población de muros y tejados de colores. Multitud de cabras, cerdos y busardos huían despavoridos ante el estruendoso artefacto que se les venía encima. Mujeres indígenas envueltas en sus mantos negros atisbaban tras unas ventanas enrejadas. Individuos tocados con amplios sombreros y vestidos sencillamente con camisa de algodón y pantalones, faja multicolor a la cintura y sandalias les contemplaban inmóviles La carretera desembocaba en una inmensa plaza, en cuyo centro alzábase un edificio circular, que en cierto modo parecía un corral. Era la plaza de toros, donde se llevaba a cabo el deporte nacional. De momento hacía las veces de cuartel de un considerable ejército. Por doquier veíanse astrosos y desaliñados rebeldes, y la plaza entera estaba sembrada de fardos, tiendas de campaña, carretas y armas, amén de mulas, caballos, burros y bueyes.

El lugar estaba tan atestado de gente, que Link tuvo que moderar la marcha hasta la puerta de la plaza de toros. Magdalena entrevió el interior de unas tiendas, mas pronto obstruyeron su vista las masas de curiosos que se apiñaban por verles. El oficial de caballería se apeó del coche y abrióse paso a empujones.

—Link, ¿conoce usted el camino de Mezquital? —preguntó Magdalena.

—Sí. He estado allí.


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