Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste ¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Aprisa! El ya familiar e irresistible peso comenzó a oprimir a la joven; el incesante silbido del viento llenó sus oídos. Link Stevens iba doblado sobre el volante. Los anteojos y el casco ocultaban sus pupilas, mas la parte inferior de su rostro quedaba al descubierto. Parecía un demonio sombrío de pétreas facciones y extraña e indefinible sonrisa. Magdalena comprendió cuán incomparable, cuán maravilloso era aquel hombre como conductor. Adivinó que a Link Stevens le habría sido imposible desfallecer o desalentarse. Era un cowboy y a la postre cabalgaba sobre aquel coche, obligándole a responder a su voluntad, del mismo modo que desde la infancia se había acostumbrado a hacerse obedecer por un caballo. Hasta entonces jamás le fue dable conducir como era su anhelo, dando, por decirlo así, rienda suelta a su corcel. Además de este motivo, había el deseo de salvar a Stewart, de hacer feliz a Magdalena. La vida carecía de valor para él, y eso le prestaba un temple sobrehumano para afrontar el riesgo de la jornada. Su absoluto menosprecio de sí mismo le permitía gobernar la máquina, elegir la fuerza, la velocidad y el camino con la mayor eficiencia y el más libre de los criterios. Magdalena tuvo la convicción de que la llevaría a Mezquital a tiempo de salvar a Stewart o perdería la vida en el intento.