Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena, luego de haberse calado los anteojos, protegióse con sus velos la parte inferior del rostro. Sentía un extraño ardor, una palpitación, un estremecimiento, que la llevaba a prever todo cuanto era posible. El sol rojizo y hosco, parecía una bola de fuego sobre la cresta de las sierras occidentales. ¡Qué bajo estaba! Ante ella se extendía la carretera blanca y estrecha, polvorienta, dura como piedra, en uso desde incontables centurias. Hubiera sido una excelente pista para automóviles, de permitir su anchura el paso de dos coches; pero los álabes de los mezquites, los yerbajos y las flores silvestres que cubrían sus bordes rozaban el coche de Magdalena a su paso.