Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —¡Ah! ¿Entonces no es don Carlos quién manda esas fuerzas?
—No.
—Gracias, señor. No olvidaré nunca su amabilidad —concluyó Magdalena. Saludando al señor Montes, le rogó que subiese al coche. Nels amontonó parte de impedimenta para dejarle sitio en el asiento trasero. Link se asió al volante. La arrancada fue tan violenta y tan estruendosa, que el gentÃo se disperso en frenético desorden. El coche salió de la plaza a toda velocidad, atravesó la calle flanqueada de edificios blancos y azules, cruzó otra plaza donde los rebeldes levantaban barricadas, siguió a lo largo de una lÃnea férrea llena de plataformas que transportaban piezas de artillerÃa, y pasó ante los centinelas de las afueras que saludaron al oficial Montes.