Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Señorita Majestad, estamos perdiendo el tiempo —dijo. Su voz, como sus manos, era enardecedora. Se volvió hacia él, trémula. ¡Qué acerado y frÃo era el brillo de sus ojos! ParecÃan decirle que no desfalleciese. Pero Magdalena no pudo expresar sus sentimientos a Nels…; sólo pudo mirar a Link.
—Es imposible, pero… lo haré —dijo Stevens, en respuesta a su silenciosa pregunta. El arrojo, la decisión de sus cowboys templaron a Magdalena, fortaleciéndola, sacando a la luz la insondable reserva de supremo valor de toda mujer. La entereza que el momento requerÃa, era natural en Link y en Nels; en ella debÃa ser hija de su pasión.
—¿Puedo conseguir un permiso para adentrarme en Méjico…, para ir a Mezquital? —pregunto al oficial.
—¿Va usted a intentarlo? Señora, es un desesperado albur. Mezquital dista más de cien millas. Si este hombre sabe conducir un coche, cabe una probabilidad. Los preparativos de la ejecución de Stewart serán prolijos, aun que, salvo circunstancias imprevistas, tendrá lugar exactamente a la hora señalada. No necesita usted permiso. Sus mensajes son documentos oficiales. Para ahorrar tiempo y tal vez fatales dilaciones le aconsejo que lleve consigo a este mejicano, al señor Montes. Es de mayor categorÃa militar que don Carlos y conoce al capitán del destacamento de Mezquita.