Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste No todo fue celeridad. Un largo trecho de terreno blando retrasó a Stevens, haciendo trabajar el motor y crujir y rechinar la grava. Los cactos demostraron una alarmante propensión a impedir su avance. Los ocatillos tendían sus largas y flexibles ramas de hojas redondas y anchas sobre el camino; unos troncos estriados yacían a lo largo de las estrechas márgenes; el cacto de bayoneta y el biznaga sobresalían amenazadores; macizos de magüeys sombreados por inmensos aguaron amenazaban estorbar su progreso; y cada hoja, cada rama de cacto estaba poblada de traicioneras púas fatales para los neumáticos.
La temida explosión se dejó oír por fin. El coche dio un vaivén, siguió luego una ruta irregular, y se detuvo, obediente a la mano maestra que le dominaba. Por muy rápidamente que Link cambiase el neumático, perdióse algo de tiempo. El sol, más hosco, más rojizo, cuanto más cerca se hallaba del oscuro horizonte, parecía escarnecer a Magdalena, mirarla con provocativa irrisión.