Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Un instante después proseguía su marcha, como queriendo forzar con su audaz y desdeñosa presencia el pronto cumplimiento de su sino.
Magdalena salió a la puerta, franqueó el umbral. Stewart se tambaleó como si las balas que esperaba hubiesen entonces en efecto atravesado su pecho. El atezado rostro se volvió blanco. Sus pupilas adquirieron una expresión de enajenamiento, de salvaje terror como el de un hombre que ve un espectro y duda de sus sentimientos. Acaso la había invocado como los mejicanos a su Virgen; acaso imaginó que la muerte había sobrevenido tan rápida como imprevista, y que aquélla era la imagen de Magdalena que se le aparecía en alguna otra vida.
—¿Quién… es… usted? —murmuró roncamente.
Ella quiso levantar los brazos sin conseguirlo, lo volvió a intentar, y por fin se los tendió temblando.
—Soy yo. Majestad. ¡Tu mujer!
FIN