Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Aquella pausa fue casi insoportable para Magdalena. Tal vez fue solamente un segundo, varios a lo sumo, pero le pareció un año. El semblante de Stewart era despectivo, duro. ¿Sospechaba alguna traición por parte de sus captores? ¿Creía que pretendían jugar con él como el gato con el ratón, para asesinarle luego a sus anchas? Magdalena tuvo la certeza de haber notado la antigua y familiar sonrisa burlona en sus labios. Stewart mantuvo la misma posición durante un tiempo que a su juicio le pareció razonable, y luego, con una carcajada, tiró el cigarrillo y se encogió de hombros. Sacudió la cabeza como intrigado por los incomprensibles motivos de quienes ya no podían tener justificadas razones para más demora.

Hizo un súbito y enérgico ademán que fue más bien un erguimiento de su poderosa figura y que respondió a su tradicional e instintiva violencia. Después se situó de cara al Norte. Magdalena leyó su pensamiento, conoció que pensaba en ella, que le enviaba un postrero y silencioso adiós. Gene la serviría hasta el último aliento, dejándola libre, guardando su secreto. Aquel cuadro, aquella imagen suya de rostro sombrío, con las pupilas llenas de fuego, extrañamente triste y, sin embargo, recio y poderoso, se grabó para siempre en el corazón de Magdalena.


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