Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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El oscuro manchón que hasta entonces había sido su rostro tomó cuerpo, forma y carácter. Había vuelto a acelerar el paso, y en su andar hubo un aire de impaciencia. ¡Tiempo necesitaban aquellos mejicanos para resolverse a matarle! En un punto situado en el centro de la carretera, en la misma línea del ángulo de una casa y fronterizo al apostadero de Magdalena, Stewart se detuvo en seco. Presentó audaz blanco a sus verdugos, y así permaneció inmóvil un minuto largo.

El más absoluto silencio acogió su alarde. Era evidente para Magdalena y, en su opinión, para cuantos tenían ojos para verlo, que Stewart juzgó que, puesto que hasta entonces le habían respetado, era llegado el momento de poner fin a su incertidumbre. Al no seguir descarga alguna cuando se detuvo, la severa dignidad de su continente se trocó en temerario desprecio, manifestado en la forma en que se acercó a la esquina del edificio para liar un tercer cigarrillo, y presentando el amplio pecho a la ventana, fumó y esperó.






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