Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena le contemplaba con orgullo, amor, pena y gloria, en ruda pugna cada uno de estos sentimientos por adquirir predominio sobre ella. Aquel Paseo de Stewart era más largo que sus horas de despertar espiritual, de lucha, de remordimiento; más largo que la jornada hecha en su busca, Magdalena creyó que le sería imposible esperar a que llegase al final del camino, y en el tumulto de sus sentimientos experimento ráfagas de Pánico. ¿Qué le diría? ¿Cómo acercarse a él? Bien recordaba ella la talluda y robusta figura que se había acercado lo bastante para distinguir su atavío. El rostro de Stewart era aún impreciso. Pronto le vería, mucho antes de que él supiera que ella estaba allí. Ansiaba correr a su encuentro. No obstante, permaneció como clavada en su sitio, tras la ventana, viviendo con él el paseo, con aquel recuerdo del hogar, de su madre, de su hermana…, de la vida misma…, de cuantos recuerdos pueden acudir a la mente de un hombre que va en busca de sus verdugos. Magdalena sentíase presa de todas las emociones, de todos los sentimientos que pueden embargar a una mujer. Cada paso de Stewart la escalofriaba. Por una sutil y extraña intuición adivinó que no era feliz y que creía sin ningún género de duda que iba hacia la muerte. Stewart acortó el paso. La antigua y salvaje entereza del cowboy entraba acaso en conflicto con el desarrollo espiritual del hombre más refinado, comprendiendo, aunque tarde, que la vida no es para ser sacrificada en vano.