Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Sentándose en el porche, la joven se abismó en una atenta observación de sus alrededores. Los más cercanos no eran decididamente atrayentes. La calle parecía un mar de polvo que la fresca brisa levantaba formando pequeños torbellinos. Las casas a ambos lados eran bajas, cuadradas, de techumbre plana y construidas con una especie de cemento rojizo. Pensó que tal material debía ser el adobe de que tanto había leído. No se veía un alma. La calle parecía interminable, aunque la hilera de edificios fuese breve. En una ocasión oyó el trote de algún caballo en la lejanía y repetidas veces el campaneo de una locomotora. Magdalena se preguntó dónde deberían estar las montañas. No tardó en divisar, por encima de los tejados, un tenue y rugoso contorno de un azul claro, que atrajo irresistiblemente su mirada. Conocía los Adirondacks, había admirado los Alpes desde la cumbre del Montblanc, y el Himalaya no le era desconocido. Pero nada había causado en ella tanta impresión como estas lejanas Rocosas. La tenue línea que audazmente sesgaba el horizonte la fascinaba. La expresión de Florencia «las montañas llamándome» acudió a su mente. Su impresión no era tanta. Por el contrario, su impresión era más bien que estas montañas aparecían distantes, inalcanzables y que, de acercarse a ellas, irían retrocediendo o se desvanecerían como un espejismo en el desierto.