Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

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Magdalena fue a su aposento con intención de descansar y se quedó dormida. La despertó la voz y el tabaleo de Florencia.

—Señorita Hammond, su hermano está de vuelta con Stillwell.

—Pero ¡cómo he dormido! —exclamó Magdalena—. ¡Son cerca de las seis!

—Mucho lo celebro. Estaba usted rendida, y el aire de por acá da sueño a los forasteros. Venga y conocerá al viejo Bill. Se llama a sí mismo «el último ganadero». Ha pasado la vida entre aquí y Texas.

Magdalena acompañó a Florencia al porche. Su hermano, sentado junto a la puerta, se incorporó de un brinco, diciendo:

—¡Hola Majestad! —Y rodeando con su brazo los hombros de su hermana, se volvió hacia un individuo corpulento cuyo cariancho rostro se cubrió de surcos y de pliegues—. Quiero presentarte a mi amigo Stillwell. Bill, ésta es mi hermana, la hermana de quien tanto te he hablado… ¡Majestad!

—Bravo, bravo, Al. Éste es el momento más feliz de mi vida —replicó Stillwell, con retumbante voz, alargando una inmensa mano—. Señorita…, señorita Majestad, su presencia es tan grata a los ojos de un viejo ganadero del desierto, como la, lluvia y las flores de mayo.


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