Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste Magdalena inició una respuesta que hubo de interrumpir para no lanzar un grito de dolor al sentir aprisionada su mano en una verdadera tenaza de acero. Stillwell era anciano, de pelo cano, de cutis atezado por el sol y los vientos, con profundos surcos verticales en las mejillas y con ojos grises perdidos en un mar de arrugas. Su sonrisa hízole a Magdalena el efecto de una sonrisa extraordinaria. La próxima vez comprendió que era realmente una sonrisa pues al cesar de agitarse, sus facciones recobraron su pétrea rigidez. La sensación de dureza que Stewart sugería, resultaba inmensamente intensificada en aquel veterano.
—Señorita Majestad, no puede ser más humillante para nosotros el que no hayamos estado presentes a su llegada —dijo—. Al y yo asomamos la cabeza en la estafeta de correos y le hicimos al encargado unas cuantas observaciones amables y divertidas. Sus telegramas de usted hubieran debido ser enviados al rancho. Seguramente, la espera de anoche en la estación debió serle desagradable.
—De momento confieso que sentí algo de ansiedad y de miedo —replicó Magdalena.
—¡Bien! Aprovecho la ocasión para decir que, fuera de su hermano, Gene Stewart es el hombre que yo mismo hubiera enviado a recibirla.
—¿De veras?