Bajo el cielo del oeste
Bajo el cielo del oeste —Eso parece —prosiguió Stillwell—. Hoy mismo Stewart tuvo una polémica en el pueblo, y lamento tener que decirle que su nombre de usted figuraba en ella. No puedo censurar al muchacho, porque en su caso yo hubiera hecho lo mismo.
—¿S� —preguntó Alfredo, riéndose—. Vamos a ver, ¿de qué se trata?
Magdalena miró a su hermano, y aunque a éste parecÃa divertirle su consternación, por su semblante adivinó que sentÃase mortificado.
No era precisa una especial perspicacia, pensó Magdalena, para comprender que a Stillwell le encantaba charlar, y la forma en que éste se retrepó en su asiento con las enormes manos sobre las rodillas, evidenció su propósito de aprovechar la oportunidad.
—Opino, señorita Majestad, que, estando en el Oeste, ha de tomar usted las cosas como vengan y conceder a ellas cada dÃa menor importancia. Si nosotros, los veteranos, no hubiésemos pensado asÃ, no quedarÃa ni uno para contarlo.