Bajo el cielo del oeste

Bajo el cielo del oeste

Comparada con otras noches, la de ayer no tuvo nada de notable. No ocurrió casi nada. Pero yo recibí un rudo golpe. Cuando salirnos con una punta de ganado, envié a uno de mis cowboys, Danny Mains, por delante con dinero para pagar algunas facturas y a mi gente. Quería que estuviese en el pueblo antes de anochecer. Pues bien, a Danny le desvalijaron por el camino. Tengo plena confianza en él. Últimamente en el pueblo se han visto caras de mejicanos desconocidas, y puede que supiesen que Danny llevaba el dinero.

Cuando llegue con el ganado me costó trabajo atar cabos. Y hoy no estaba precisamente de angélico humor. Terminados mis asuntos me eché a barzonear, metiendo las narices acá y acullá a ver si podía husmear el paradero de mis cuartos, y fui a parar a un local que tenemos que hace las veces de calabozo, hospital, sala de elecciones y cuanto es preciso, según los casos. En aquel momento servía de hospital. Anoche fue de fiesta —los mejicanos celebran una cada semana— y uno de ellos yacía allí, adonde le habían llevado desde la estación, cuando fue herido. No sé quien había ido a buscar al médico a Douglas, pero aún no estaba de vuelta. Tengo regular experiencia en heridas de bala, y examine al sujeto. No parecía grave la lesión, pero pensé en la posibilidad de que se le infectase, y en consecuencia hice lo que pude.


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