Caravana de heroes

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Las mañanas eran soleadas y agradables, la pradera sin límites ondulaba a lo lejos, las largas leguas pasaban bajo las ruedas, las puestas de sol teñían de oro la pradera y pasaban las noches claras, frescas y estrelladas. Ni un solo indio fue visto en el largo viaje hasta Fort Larned.

Desde aquí los soldados se volvieron a Fort Leavenworth, mientras Couch esperaba una caravana que venía de Fuerte Aubry a Santa Fe. Debido a la escasez de soldados y al aumento de las caravanas, era necesario que éstas se juntasen en los viajes lo más pronto posible. Couch esperó a los de Aubry, que tardaron tanto en llegar que empezaron a correr siniestros rumores. Llegó, por fin, el regimiento de carreros más grande y más curtido que Clint había visto en su vida ciento cinco hombres, todos veteranos en la lucha con los indios. Su jefe había sido sargento de artillería en la invasión de Texas en 1842. Se llamaba Jim Waters, y su aspecto curtido y sus largos cabellos fueron una delicia para Clint.

Waters tenía un cañón en su caravana. Lo había empleado en muchos combates con los indios, y la fama de sus rugidos corría de Missouri hasta Pecos. Lo primero que Clint y Tom hicieron fue echarle una ojeada a aquel cañón. Estaba tan brillante como la caja de un reloj de bolsillo. Los muchachos deseaban y temían oír sus estampidos.


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