Caravana de heroes

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Clint se aterró ante el barullo y el salvaje coro de aullidos y relinchos. Caballos con sus jinetes cayeron por docenas; otros se desbocaron sin sus jinetes; muchos pateaban con frenético terror arrastrando a los indios heridos, que aún se agarraban a ellos. Pero tan maravillosos y leales eran aquellos salvajes, que los que podían trataban de salvar a los heridos y de llevarse sus muertos, sin intimidarse ante el fuego de rifle que se les hacía.

¡Bum! De nuevo retumbó el cañón de Waters, esta vez con mayor carga.

El disparo causó un implacable destrozo en aquella masa de hombres y caballos. Los carreros bajaron sus armas inclinados a la piedad. El mismo Waters no se movió para volver a cargar el cañón, y los indios que quedaban sanos aprovecharon la tregua para recoger sus caballos y sus heridos y marcharse precipitadamente.

Se hallaron muertos sesenta indios y ochenta caballos muertos o heridos. Fue la defensa más perfecta que Waters había dirigido en su vida. Ordenó que se acabase de matar a los caballos heridos, pero los dejó con los indios allí mismo en la llanura.

Reanudaron el viaje y, con una apresurada marcha, llegaron a Fort Zarah a las tres de aquella tarde. Waters informó al capitán Selkirk de la conducta de los indios y se envió sobre su rastro un destacamento de cincuenta dragones.


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