Caravana de heroes
Caravana de heroes Los acarreadores que quedaban, bajo el mando de Couch y Maxwell, cargaron siete carros con las mercancías más valiosas y efectos personales y abandonaron el resto. Fort Union estaba a menos de dos días de viaje. Tenían poca esperanza de llegar allí y enviar soldados a tiempo de salvar los ciento veinticuatro carros de mercancías.
El último acto de Couch fue clavar su cañón de bronce, que no había tenido tiempo de hacer entrar en acción, y lo hizo con rabia, como si clavase sobre la cabeza de un Comanche.
El carro de Clint, que era grande y nuevo, fue uno de los siete escogidos. El conductor que le asignaron, un tal Saunders, conocía a Clint y le profesaba cariño; cuando restalló su látigo preparándose para salir, le llamó:
—Corre, Búfalo, sube.
—¿Dejando aquí a Tom para que lo mutilen y se lo coman los coyotes?… No, me quedaré para morir con él —replicó Clint con un sollozo.
Saunders bajó del pescante, cogió una manta, envolvió en ella el cadáver y lo colocó en el carro.
—Nos lo llevaremos y le daremos una sepultura detente. Ven ahora, que ya salen los demás.