Caravana de heroes
Caravana de heroes Clint nunca supo cómo se encontró a May en sus brazos. Pero ya que estaba allí, la abrazó estrechamente, corazón contra corazón e inclinando su cara sobre la de ella. Primero tocó sus cabellos y luego su cara húmeda de lágrimas.
En sus propios ojos había algo que no le dejaba ver claro, pero la sentía colgando de sus hombros.
—¡Clint! ¡Clint! ¡Gracias a Dios! ¡Ya sabía yo que estabas vivo!
—¡Yo creía que tú estabas muerta! —contestó como en sueños.
—Pues soy la muchacha más viva que te puedas imaginar —murmuró ella contra su mejilla, y luego sus labios se apretaron con dulzura y temblaron en un beso.
A Clint le duró poco esta aventura. Una mano dura le cogió por los hombros y le separó con tanta violencia de la muchacha que, a no haberse apoyado sobre una pila de cajas, hubiera caído. En aquel instante desapareció lo que nublaba sus ojos.
El tejano era quien le había arrancado de May. Clint percibió la llama de unos ojos azules. Luego, aquella mano dura le dio un golpe en la boca haciéndole vacilar de nuevo. Clint se apoyó contra las cajas. El dolor, al añadirse a sus otras asombrosas sensaciones, nublaba sus facultades.
Un hombre de pesadas formas avanzó interponiéndose entre él y el tejano.