Caravana de heroes

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May había empezado a hablar con entusiasmo, pero o su reserva de conversación se había agotado o el entusiasmo había pasado. Clint se debatía en vano; no podía conversar. La llegada a la casa le salvó de algo desastroso.

—Sentémonos en el porche hasta que refresque —sugirió Maxwell.

Esto acabó, por el momento, con la tirantez entre May y Clint. Ella, con Hall Clement y su augusta esposa, se convirtieron en el centro de toda atención. Maxwell estaba encantado con ellos. Era evidente que su encuentro despertaba en él reminiscencias que debían de estar llenas de placer, de emoción y quizá de dolores. Presentó la familia Clement a los oficiales, cazadores, exploradores y hasta a algunos jefes indios.

Uno de éstos, el Lobo Solitario de los Utes, un soberbio guerrero, siempre amigo de los blancos, se fijó con mucha dignidad en May. Maxwell habló con él en su lengua. El jefe levantó lentamente una mano con un gesto expresivo que no necesitaba palabras. Significaba: ¡Ay de mí! La injusticia que se hace al hombre rojo y el agravio que se hace al hombre blanco.

Lobo Solitario ofreció su mano a May, que, vacilante, colocó en ella la suya.

—¿Qué tal? —dijo con voz profunda y no desagradable. Era muy alto e inclinó su emplumada cabeza. Las pequeñas arrugas de su cara indicaban su edad.


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