Caravana de heroes

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Clint huía de la prueba, pero allí en la relativa oscuridad, en el rumor de muchas voces y en el mayor número de huéspedes hallaba alguna protección. No quería buscar a May porque estaría aún bajo el hechizo de aquel cautivador soldado, pero, como era inútil resistir, paseó sus ojos por la habitación. Los jefes, exploradores y cazadores estaban ya sentados, ocupando dos tercios de la larga mesa. Después venían los acarreadores, que eran una veintena o más. Cierto número de militares tenían los asientos juntos y esto llevo la mirada de Clint a la cabecera de la mesa y a la de los huéspedes de honor de Maxwell. Las varias señoras de la caravana de Dagget, incluso la señora Dagget, estaban a su izquierda. May ocupaba el lugar de preferencia a la derecha. Se había quitado el sombrero y estaba encantadora.

Con asombro vio Clint que el asiento al lado de May estaba desocupado. Sin duda se lo habían reservado al teniente Clayborn. Clint deseaba huir como un cobarde, pero Couch le obligaba a acercarse cada vez más.

—¡Borrico! Ese sitio es para ti —le dijo Couch dándole un empujón. Luego, Maxwell, que estaba de pie, le hizo sentarse junto a May. Como Clint no había perdido el sentido del todo, consiguió hacer lo que le indicaban, sin excesiva torpeza. Después metió las manos entre las rodillas y clavó los ojos en el plato.


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