Caravana de heroes
Caravana de heroes Permaneció sentado a la puerta de la cabaña de adobe, detrás de la casa grande. Hasta los perros del corral estaban tranquilos como sus hermanos de la llanura. El rancho de Maxwell estaba envuelto por el manto de plata de la luna, misteriosa y bella. Pero Clint no podÃa pensar. Sólo soñaba con los dulces besos de May. Mañana, quizá, tendrÃa que enfrentarse con la realidad de sus nuevas responsabilidades. El sueño era una cosa que no necesitarÃa en un largo rato. Y, por consiguiente, llegó tarde a almorzar a la mañana siguiente, haciendo con ello reÃr a Maxwell.
—Búfalo, si te quedas por la noche hasta tarde, entreteniendo a las señoras, nunca llegarás a ser un buen explorador.
—Me molestarÃa mucho no ser un buen explorador —replicó Clint—, pero la noche ha valido la pena. —Asà parece. Bueno; ven a mi oficina esta mañana. Quiero charlar un poco contigo.
Clint, sabiendo que se tratarÃa de algo reservado, se interesó tanto que muy temprano acudió a la cita. Maxwell estaba aún ocupado con los acarreadores. Cuando despachó sus negocios, empujó una silla hacia Clint, y también una caja de cigarros, que retiró al momento.
—Se me habÃa olvidado que no fumas, Búfalo. No necesito preguntar si te has arreglado con May.