Caravana de heroes

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—No lo creas, Búfalo. Las mujeres son raras y nunca se sabe lo que una muchacha puede hacer. Cambian de parecer como el viento. No es nada difícil que te la encuentres haciéndole ojos al teniente Clayborn o a ese Murdock. Éste, sobre todo, es demasiado astuto y viejo para ella. Apártala de él. ¡Ten presente lo que te digo! Y ahora, vete, que hay gente que espera verme. No me puedo pasar el día tratando de tus amores.

Clint se marchó, y Maxwell le llamó otra vez.

—Clint, quisiera estar en tu lugar… Vuelve a decirme lo que ocurra.

Clint se alejó casi fuera de sí y se dirigió al patio, que estaba lleno de cazadores ociosos, indios y carreros, esperando que ocurriese algo. Casi tropezó con Couch, quien, evidentemente, subía al campamento.

¡Hola, tío Jim! ¿Qué le pasa a usted que está tan preocupado?

—Acabo de tener una discusión con Buell, el nuevo agente de Aull y Compañía. Tiene noventa carros de pieles que deben estar en Westport antes de fin de agosto, y jura que si no acepto este contrato y no empiezo a cargar en seguida no me dará otro cargamento de su Compañía.

—¿Y qué va usted a hacer? —preguntó Clint.

—No lo sé. Estoy en un aprieto.

—¿Qué piensa la gente?

—Todavía no saben nada.


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