Caravana de heroes
Caravana de heroes —En el cincuenta y ocho me encontré en un caso peliagudo. Una banda de Comanches estaba de correrías. Todos vosotros conocéis el río Cowe. En la ribera, muy rica, de ese río habían establecido ranchos muchos colonos. Los Comanches asesinaron hasta el último de ellos, las mujeres y los niños también. No recuerdo cuántos eran, aunque vi todas sus cabelleras. Una era de una niña, larga y dorada, que causaba lástima… Alguien denunció la fechoría al capitán Howard del Fuerte Zarah, y éste ordenó al teniente Stevens y a sesenta soldados que siguieran el rastro de los Comanches. Yo salí con ellos, pues conocía el país palmo a palmo. Tomamos el rastro de los pieles rojas a veinte millas de distancia, atravesamos la curva del Arkansas, seguimos el Cowe unas veinte millas y, por fin, desde una loma vimos treinta cabañas de indios. Stevens me envió delante sólo para tratar de descubrir la manera de acercarnos al poblado. Había entre ellos y nosotros una espesa arboleda y tuve que arrastrarme a gatas. Volví con el informe de que me comprometía a llevar a los soldados hasta las chozas de los indios. Atamos nuestros caballos, dejamos diez hombres de guardia y nos fuimos tranquilos y en silencio hasta el campo. Fue entonces cuando vi las cabelleras colgando; una de ellas era la de color de oro, que nos aseguró que aquellos Comanches habían asesinado a los colonos.