Caravana de heroes
Caravana de heroes Siete partidas de indios, algunas de ellas grandes, observaron el paso de la caravana desde sus atalayas, sin un movimiento hostil. Pero su silenciosa vigilancia era siniestra. ¡Ay de las pequeñas caravanas!
Clint Belmet volvió a su antiguo oficio y con un mes de conducir, cortar leña y trabajar, volvió a estar curtido y fuerte otra vez. Sin embargo, ni siquiera Couch se daba cuenta de su creciente estado de esperanza y expectación. Mil veces, mientras conducía con los ojos fijos en el horizonte purpúreo, y por la noche escuchando el aullido de los coyotes, se repetía lo que Couch y Maxwell habían dicho de May Bell.
No podía persuadirse de que fuera verdad. Pero él se había precipitado, implacable, y demasiado celoso, cual un salvaje cazador de búfalos. ¿Había sido injusto con May Bell? ¿Había hecho mal, haciendo lo que él creía ser lo mejor? Sus dudas aumentaron. Pero aún le dolía el corazón con el recuerdo de su desdén en el almacén de Maxwell, y después aún con más encono, con la memoria de aquella dorada puesta de sol en que la había descubierto hablando con Lee Murdock. ¡Si él hubiera tenido más tiempo! Inútiles pesadumbres que se multiplicaban con las millas. Pero su esperanza ardía y le quemaba como un fuego constante. Era el mes de noviembre cuando la caravana de Couch llegó a Santa Fe, y estaba nevando. La caravana descargó y acampó para el invierno.