Caravana de heroes
Caravana de heroes Compró todas las municiones en el almacén de Santa Fe, en lo cual invirtió varios cientos de dólares. Los carreros dejaron de reírse de aquel juego. Couch estaba serio y movía su greñuda cabeza, peco no decía nada. Cuando Clint pudo acertar en todos los tiros a un pequeño bote de hojalata a cincuenta pies, empezó a pensar que estaba llegando a algo. Cuando tirándolo a lo alto logró meterle tres balas de cada cinco, ganó confianza en sí mismo.
En esta práctica incluía también la rapidez en requerir el arma. Kit Carson, que había matado más hombres que nadie en aquella época en la frontera, le dio a Clint una conferencia sobre el particular, que éste comprobó con infinito cuidado. De modo que pasó las horas de luz de aquel invierno en mantener una hoguera encendida, guisar, cortar leña y perfeccionarse en el uso del revólver. Mucho antes de que volviese la primavera, esperó que Murdock apareciese en Santa Fe. Pero el jugador estaba trabajando en los campamentos del ejército.
Pasó el invierno y llegó tardía la primavera, circunstancia que no contribuyó a poner a los acarreadores del mejor humor. Algunos años podían hacer dos viajes de ida y vuelta, pero esto era excepcional.