Caravana de heroes
Caravana de heroes Clint empujó la doble puerta y entró. Había estado allí muchas veces. Los clientes de costumbre: indios inmóviles como estatuas, los jugadores en las mesas. Clint percibió todo esto de una rápida mirada.
Su aspecto debía de ser notable, pues el silencio empezó a la entrada, extendiéndose como una onda hasta el extremo opuesto del largo local. Las pesadas botas de un carrero sonaron contra el pavimento al bajarse de la estufa.
—¡Búfalo Belmet! —gritó.
La figura de Clint atraía de ordinario la atención, pero ahora, blanco de polvo, sucio y desaliñado, con la cara negra y siniestra, podía haber detenido las miradas en la más salvaje de las tabernas de la frontera.
—Estoy buscando a Jim Blackstone y a Lee Murdock —anunció en voz alta.
Sus palabras retadoras llenaron el salón, salvo algún cuchicheo aquí y allá, el arrastre de alguna bota y una nerviosa tos. La presencia de Clint y sus cortantes palabras sólo tenían una interpretación posible.