Caravana de heroes
Caravana de heroes —¡No! —gritó Clint con pasión.
—¡Pues no han venido! ¡No están aquÃ…! Y Blackstone no ha dicho una palabra de que trajera mujeres consigo. Todo esto es muy extraño, Búfalo. Ven conmigo a ver al coronel.
—TodavÃa no. ¿Está ese Jim Blackstone en el fuerte?
—SÃ. Se quedará con todos los suyos todo el invierno.
—¿Y Murdock? ¿Lee Murdock?
—También. Estaba aquà hace media hora. —¿Dónde los podré encontrar?
—Seguramente en el garito de Homer o en el hotel esperando la comida. Pero, di, Búfalo…
Clint salió dejando su rifle apoyado por la parte de dentro de la puerta. El cansancio del largo viaje, las ansiedades, temores y esperanzas, la sucesión de emociones, se convirtieron en ceniza al fuego de la tremenda pasión que le consumÃa; y en su ánimo volvió al mismo estado originado por los meses de la invernada en el campamento de Santa Fe, cuando se adiestraba para el encuentro con Murdock, ahora inmediato.
En la plaza, frente al almacén de Aull, estaba el establecimiento de Homer, un edificio de ladrillo rojo, viejo y deteriorado, con las vigas al descubierto. Las letras de lo que habÃa sido un rótulo blanco estaban medio borradas.