Caravana de heroes
Caravana de heroes Los acarreadores no esperaron a que los eligiera Hatcher. Con un rifle en cada mano, una veintena o más corrieron a la rocosa y enmarañada ladera. Los que estaban libres del cañón corrieron a la puerta dejada entre dos carros. Los sesenta hombres de las cuerdas del cañón vinieron jadeando detrás.
El doble semicírculo de carros salía de las primeras rocas del Oeste y se extendía hasta la pared de roca cortada a pico del otro lado. Parecía una defensa inexpugnable contra la táctica ordinaria de los indios. Belmet colocó el cañón en el punto que mejor dominaba, que era al lado de la puerta. Podía, desde luego, ser trasladado de un lugar a otro. Los acarreadores se extendieron por el interior del círculo, y a los pocos momentos ya no se veía ninguno.
Ireland y Copsy permanecieron al lado del cañón, alegres e impacientes. Stevens se subió a la rueda del carro más próximo y fijó su anteojo en los Kiowas. Hatcher, Henry Wells, Andy Morgan y un negro, Jackson, rodearon a Clint. La mitad del gran corral oval se había cercado con cuerdas para los animales, que estaban agrupados, inquietos y hambrientos.
—Son dos veces más numerosos que nosotros —dijo Stevens contestando a una pregunta.
—Ésta será buena —observó Wells.
—No me gusta el aspecto de esos indios de Bent —añadió Hatcher.