Caravana de heroes
Caravana de heroes Una veintena o más de acarreadores, ensangrentados e indomables, con Clint Belmet a la cabeza, se agruparon para la última resistencia en el centro del corral. La marejada de la terrible contienda se había vuelto a su favor. Estaban espalda contra espalda, disparando sus últimas pocas balas. El humo se elevaba, negro y amarillo, por encima de las rugientes llamas. Un hedor de pieles quemadas llenaba el aire. Ya no sonaban más tiros en el macizo rocoso. El destacamento de acarreadores lo había abandonado o había sido exterminado.
Cerca de la puerta ardía un carro: el que contenía los barrilillos de pólvora para el cañón y las cajas de municiones para los rifles. Un resto de Kiowas permanecía allí, fascinado por la oportunidad de quemar los últimos carros. Algunos encendían antorchas en el fuego que consumía el carro de las municiones.
¡Una terrorífica lengua de fuego! ¡Un estampido atronador! El carro voló y una bóveda negra se extendió sobre el corral.
Cuando la nube de humo de la última explosión se desvaneció, los Kiowas que quedaban corrían por la llanura hacia sus caballos.
A Belmet le quedaban veintidós hombres, contándose él, todos heridos, pero ninguno queriendo admitir sus heridas como graves.
—Vamos a darle una vuelta al corral sin separarnos —dispuso Clint con voz ronca.