Código del oeste
Código del oeste —Bueno, pues usted y su hermanita, y todos los que sean como esa pájara que está en el auto, harán bien quedándose entre los de su calaña —replicó Bloom—. El Oeste no los aguanta. Y oiga, forastero, fÃjese bien: la Hoya del Tonto es Oeste de extremo a extremo.
—Señor, estoy acostumbrado a tratar mucha gente, y con todo el debido respeto a vuestro código, tengo que confesar que ningún hombre de verdad, en parte alguna, habla como usted.
—¡Miren a este muerto de hambre, a este saco de huesos! —rugió Bloom, en el colmo de la cólera—. ¡Venir acá a soltarnos sus opiniones con semejante desahogo! ¿Tiene usted la menor idea de a quién está hablando?
—Créame, señor —repuso Merry, cuya tranquila voz contrastaba fuertemente con el estridor de la del otro—. Usted no es realmente del Oeste. Es un infeliz besugo, un mentecato, un gordinflón que grita demasiado… un bravucón, un camorrista… pura fanfarria. ApostarÃa a que tiene el hÃgado blanco y que ahora mismo está por dentro muerto de miedo.
Bloom pareció perder el juicio. La sorpresa y la cólera le cegaron. La cara se le tornó lÃvida y tartamudeaba como un loco. Le habÃa ocurrido algo increÃble. CreÃa tener delante de sà a una monstruosidad. Con movimiento lento, pesado, echó hacia atrás el brazo, como para golpear.