Código del oeste
Código del oeste —¡Déjelo! No haga caso… se lo ruego —añadió Georgiana, asiéndole fuertemente de un brazo—. ¡Oh…; piense cómo se avergonzarÃa de mà mi hermana!
Acaso Cal no hubiera cedido, pero como vio que Tuck tomaba el asunto a su cuidado, dejóse caer sobre el asiento, en espera de los acontecimientos. Georgiana todavÃa le retenÃa por el brazo.
—¿Qué mil diablos quiere usted? —demandó Bloom, colérico, avanzando hasta la escalera del porche para enfrentarse con Merry.
—Yo soy forastero —dijo Tuck subiendo los peldaños-Vengo del Este y no me ha hecho ninguna gracia la observación de usted. ¿Hablan aquÃ, en Arizona, de ese modo todos los hombres, respecto a las mujeres del Este?
—Hablan como les da la gana, especialmente cuando las mujeres llevan la cara pintada y las rodillas desnudas como esa muchacha —declaró Bloom.
—Pero, señor, allá, entre nosotros, un poco de color artificial en las mejillas y una falda corta no provocan insultos —aseveró Merry gravemente—. Es la moda. Yo tengo una hermanita que se viste asÃ, y nadie lo encuentra mal.