Código del oeste
Código del oeste —Cogiditos de la mano, ¿eh?, —fisgó Bloom con su ronco vozarrón, haciendo que todos los presentes concentraran su atención en la pareja.
Fue Cal quien se ruborizó y apartó la mano que inconscientemente cubría la de ella. Aun en aquel instante, de súbita consternación y violento enojo, notó él que la muchacha demostraba suprema indiferencia hacia la grosera curiosidad de que se le hacía objeto. Merry se incorporó rápidamente, dejando el trabajo que ejecutaba. Bloom debió de ver o sentir desprecio en la total ausencia de embarazo o vergüenza evidenciada por la joven y picado, dijo con voz bien alta, dirigiéndose a Hatfield:
—Bueno; Bid: esa pollita de las piernas al aire es de bastante buen ver, pero no ha perdido usted mucho con no acompañarla. Es curioso cómo son estas hembras del Este…
—¡Silencio! —gritó Tuck Merry separándose del automóvil y yendo hacia el insolente.
Cal se sacudió, como agitado por una corriente eléctrica. Ciego de furia, trató de salir del coche. Pero la muchacha le contuvo.
—Por favor…, no… no… La culpa es mía —balbuceó suplicante—. No deseo que haya peleas por mi causa, apenas llego.
—Pero… la ha insultado —protestó Cal con energía.