Código del oeste

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—¡Oh! ¿De veras? ¡Vamos, hombre, dilo! —respondió el otro zumbonamente, aunque sin saber cómo interpretar el cambio operado en el aspecto y en la voz de Cal. Luego, sus perspicaces ojos notaron que Cal y Georgiana tenían juntas las manos (la de él oprimiendo la de ella), y, dando una sacudida, exclamó:

—Bien, considerando las circunstancias, se ve que no pierdes el tiempo; pero la señorita Stockwell tiene que ir a casa, y no me quedará más remedio que privarte de su compañía. Porque lo que es con esta carreta, jamás podrás llevarla tú.

Y se encaminó hacia el garaje.

Arizona y Panhandle se apresuraron a seguirle, pero Tim se retrasó lo suficiente para lanzar una dura mirada a Tuck Merry, y otra, llena de languidez, a la bella señorita Stockwell. Luego, también él zancajeó en seguimiento de sus compinches.

—Tuck, arregle la máquina cuanto antes —le dijo Cal a su amigo—. Vámonos de aquí en seguida.

El flaco se inclinó sobre el motor, usando con singular destreza sus formidables manos, mientras los mirones iban y venían por el porche. Algunos de ellos reían y cambiaban entre sí jocosos comentarios. Sin embargo, el incidente no parecía terminado. Cal sorprendió a Bloom y Hatfield con los ojos fijos en él y en la muchacha.


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