Código del oeste

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—¡Uau! —chilló Wess zafándose de la formidable presa Hombre, yo trataba de mostrarme amable; pero no quería meter la mano en una máquina de desgranar maíz… Y miraba a Merry dubitativamente, mientras con la izquierda se frotaba los estropeados dedos. Por último, sacudiendo la cabeza en forma ambigua, se dirigió a su pariente, diciendo:

—Mira, Cal; será más conveniente que la señorita vaya a casa conmigo.

—Oh, gracias, señor Thurman; es usted muy bondadoso —intervino Georgiana afablemente—; pero iré con el señor Cal.

—Bueno…, tal vez tenga que hacer el camino a pie —replicó Wess, con un poco de sequedad.

—Me encantaría eso. Adoro el caminar por el campo.

Wess no supo qué contestar, y abandonó la empresa con bastante mal humor, echándole con ojos aviesos una mirada harto significativa al desvencijado «Ford». Alicaído por el fracaso, volvióse adonde había dejado su automóvil. Arizona, sin embargo, quiso soltar un trueno, y así, inclinándose sobre la portezuela del lado de Georgiana, dijo con la mayor seriedad del mundo:

—Señorita, le aseguro que ésta es la peor estación del año para andar a pie por estos contornos.


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