Código del oeste

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—¿De veras? ¡Qué raro! El tiempo me parece delicioso —repuso ella sonriendo seductoramente. (Cal tuvo la impresión de que su compañera no podía evitar el ser pródiga de sus sonrisas, y pensó que no siempre las distribuía con perfecta sinceridad).

—Bien, señorita, el tiempo no tiene nada que ver con los paseos a pie, aquí en el Tonto —prosiguió Arizona—. Lo que yo digo es lo siguiente: no hay duda de que el «Ford» de Cal palpita todavía; pero está agonizando, y bien pronto lanzará las últimas boqueadas. Para entonces ya habrá oscurecido; o acaso suceda antes. A partir de ese momento, tendrán ustedes que echar a andar a patita limpia. Y mire, señorita, ¿ha oído hablar de las mofetas con hidrofobia?

—No, ciertamente. ¿Qué son?

—Zorrillos atacados de rabia —respondió Arizona con aire de espanto—. Se vuelven locos furiosos. No le temen a nada ni a nadie. Le saltan a usted encima, y si se mueve o grita, la muerden; y si se está quieta y callada, la muerden lo mismo, y le comunican la hidrofobia. Entonces se vuelve usted loca como ellos y corre de un sitio para otro, tratando de morder a la gente. He conocido a dos personas que fueron mordidas en la nariz, mientras dormían a mi lado. Tuve que estrangular a las malditas bestias para que soltaran la presa. ¡Y esos dos infelices murieron de un modo horrible!


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