Código del oeste
Código del oeste —Señor Cal, ¿está su amigo burlándose de m� —preguntó Georgiana un tanto alarmada por el tremendo relato de Arizona.
—Me parece que sÃ, aunque es cierto que no faltan por acá zorrillos con hidrofobia. Pero ya nos guardaremos de ellos —contestó el muchacho riendo.
—¿Lo ve, señorita? —dijo Arizona, en tono triunfal—. De cuando en cuando este Cal se conduce como un ser humano. Siga mi consejo. Déjese de andar horas y más horas a pie por caminos solitarios y pedregosos… en medio de los bosques…, a oscuras…, y venga con nosotros. Yo me comprometo a conducirla hasta Green Valley en completa seguridad.
—Gracias. Prefiero correr el riesgo de ir con el señor Cal —repuso Georgiana jocosamente.
—¡Oh!… —suspiró Arizona con desaliento—. Cal, debÃa darte vergüenza…, ¡obligar a esta hermosa señorita, con su traje tan elegante, a que vaya zancajeando en medio del polvo y por entre los matorrales del bosque!…
—Arizona, se requiere largo tiempo para que una cosa nueva te penetre en el cráneo —respondió Cal—. La señorita Georgiana Stockwell quiere ir a casa conmigo.
—¡Ajú! Bueno; está bien. Yo sólo le decÃa a lo que se expone.