Código del oeste
Código del oeste Cerca del lugar donde estaban, las lomas presentaban contornos suaves y redondeados, revestidos de fresca vegetación o mostrando al descubierto la amarilla tierra. Cal le enseñó a su compañera la «manzanita», con sus lisas ramas de corteza roja, sus hojas de un verde brillante, como si estuvieran recubiertas de cera, y sus bayas amarillentas. Mostróle también el mescal, planta cáctea, verde-gris, con pencas erizadas de púas y largos vástagos florales, soberbiamente enhiestos. Hacia el Este se extendían las colinas, más y más altas cada vez, ostentando todos los tonos del verde, pobladas de cedros, enebros y, por último, pinos, remontando el terreno hasta una eminencia plana, con taludes negruzcos, designada con el nombre de El Promontorio y que se destacaba de la cordillera principal para coger los últimos destellos rosa y oro del crepúsculo vespertino. Por el lado del Sur, el país se dilataba en una serie de innumerables serrijones sombríos y profundas cañadas, que constituían la Hoya del Tonto, la cual, en aquel fascinador instante, estaba bañada por completo en una luz fantástica, purpúrea y lila, extrañamente bella, exquisita e intangible como la sombra proyectada por una roca.
—Usted le tiene mucho cariño a todo esto…, ¿no es cierto? —preguntó Georgiana, cuando terminó Cal su entusiasta enumeración de cuanto tenía a la vista.