Código del oeste

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—Sí —contestó él aspirando con delicia el aire fresco saturado del aroma de los pinos y cedros.

—Oh, es bonito sin duda —añadió la muchacha recobrando su incómoda postura en el asiento del coche—; pero demasiado salvaje y áspero para mí. Una vez fui a Nueva York, y, oiga, amigo, crea lo que le dice Georgie; ése sí que es sitio que me encanta.

—¡Ajú! No lo dudo —replicó Cal, un tanto secamente, en su desilusión. Y luego, como si buscara alivio para su pena, se volvió hacia Merry, quien había demostrado intenso interés en cuanto Cal había ponderado, y le dijo:

—Tuck, ¿le agrada?

—Compadre, aquí me hago yo mi casa —fue la efusiva respuesta—. He recorrido el mundo entero; pero el Tonto le gana, con mucho, a todo cuanto he visto antes. Me propongo vivir aquí cien años y enterrar a cuatro esposas.

Cal y Georgiana rieron a coro la salida de Merry. Luego, el ronco sonido de la bocina de un automóvil hizo que Cal se apresurara a reanudar la marcha. Wess se iba acercando. Cal siguió cuesta abajo por aquel cerro; luego subió por otro, hacia la parte Este, densamente cubierta de bosques.

—Estoy casi… helada —dijo al poco rato la muchacha.


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