Código del oeste
Código del oeste —¡Caramba, eso es lamentable! Y yo me olvidé de traer una manta. ¿No tiene algún abrigo?
—SÃ, tengo uno bastante grueso, y una chaqueta de punto de lana, pero están en el equipaje, y no los puedo sacar ahora.
Estaba temblando. Con la puesta del sol y la altitud cada vez mayor, el aire se habÃa hecho muy frÃo y penetrante.
Por primera vez, Cal pasó la vista, deliberadamente, sobre su acompañante, examinándola de pies a cabeza. En verdad, el ligero y endeble traje que llevaba, bajo de cuello y alarmantemente corto, no era adecuado para andar por el Tonto al anochecer. DebÃa haberse puesto ropa de lana. Cal se fijó en las desnudas rodillas, bien formadas, graciosas, sonrosadas, y en las medias de seda negra, arrolladas hacia abajo. Si hasta entonces le habÃan chocado muchas cosas, aquello le chocó más aún. Rápidamente apartó la mirada, clavándola en el camino que tenÃa delante, y le acometió una sensación de aturdimiento, repugnancia, y algo más, que no acertaba a definir.
—Si sufre con el frÃo…, ¿por qué no se viste de otro modo? —le preguntó en tono que quiso hacer indiferente, pero que no lo era.
—¿No le gusta mi vestido? —inquirió ella, rápida.